
El 22 de septiembre, en Mintxeta, empezó algo más que una temporada. Aquel día, el primer equipo femenino abría su camino en la División de Honor con el recuerdo aún fresco de una herida profunda: la eliminación en los penaltis en el Valle de Trápaga, que apagó un sueño de ascenso que parecía tan cercano. Pero lo dijimos entonces: “la caída no es el final, sino el preámbulo de una nueva ascensión”. Y en este momento, esa frase cobra todo su sentido.
Porque ahora, ocho meses después, el equipo celeste llega al último partido del curso como líder, dependiendo de sí mismo. Una victoria en Berio frente al Oiartzun nos llevaría a la gloria: campeonas de liga y ascenso directo. Sesenta y tres puntos dan fe del recorrido. Pero el margen es mínimo: Oiartzun tiene 62, Intxaurdi y Zumaiako, 61. Cuatro equipos, y un premio “gordo” y/o un play off de ascenso quedando en segunda posición.
No hay margen para el error. Es el tipo de partidos que definen a un equipo y que exigen cabeza, corazón y coraje. Berio tiene que ser una caldera, como tantas veces lo ha sido esta temporada, donde el equipo solo ha cedido un empate. El resto, victorias. Aquí, el equipo dirigido por Morales se ha hecho fuerte. Este grupo ha crecido desde el dolor. Lo que en julio era una cicatriz, hoy es músculo y hambre. La derrota del año pasado no rompió a este equipo: lo forjó.
Porque esto no va solo de puntos, ni de goles, ni de estadísticas. Va de lo que no se ve: de las jugadoras que se quedaron para intentarlo una vez más, de las nuevas que llegaron para sumar desde el primer día, de un cuerpo técnico que creyó cuando dolía creer. Este equipo ha demostrado que el fútbol también es carácter, memoria y propósito. Y ahora, todo eso se concentra en 90 minutos. Oiartzun, un rival durísimo, llega también con todo en juego, yendo claramente de menos a más durante el curso.
“El pasado se fue, y ahora es momento de vivir lo que se viene”, decíamos en la primera previa. Hoy, el pasado nos ha traído hasta aquí, y lo que se viene es un partido que puede marcar un antes y un después en la historia reciente del primer equipo femenino. Jugadoras, cuerpo técnico: nos lo merecemos. Por todo lo que se ha trabajado. Por lo que se ha sufrido. Por cómo se ha crecido. Por cómo se ha competido.
Este sábado, a las 15:30, no se juega solo un partido. Se juega el sueño que empezó en Elgoibar, el que nació entre lágrimas en Trápaga. El sueño que cada integrante ha llevado dentro desde entonces.
Es el momento de hacerlo realidad.
Goazen neskak.

